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EL MEJOR, AHORA Y ALLI

(Líderes de los pies a la cabeza)

Nada más triste que un jefe incompetente, un jefe sin carisma, sin ideas, sin fundamento. “La sociedad se ha hecho ingobernable a causa de la dirección” dice Henry Mintzberg. La prueba palpable es la situación que vive nuestro país, nuestras familias y nuestras empresas, a causa de la incompetencia de los que tiene la obligación de dirigir. Han conseguido despertar a las minorías más radicales, que siempre han existido, y darles la batuta de mando. En la autoridad no existe sede vacante, o gobiernan lo que saben hacerlo o gobierna los locos.

Justo lo contrario del resultado esperado de un buen gobernante que es la unidad, la cohesión, el orgullo de pertenencia, el proyecto común. Es evidente que necesitamos líderes y mejores jefes. Una de las mayores fuentes de infelicidad humana es el jefe que nos ha caído en suerte, claves en nuestra felicidad-desgracia, nuestra motivación-frustración y nuestro éxito-fracaso.

En definitiva, los que nos dirigen condicionan en gran medida nuestra vidas y de ellos depende en buena parte nuestra existencia, su dimensión, su profundidad y su color. Ahora que el término está de moda, aunque pocos sepan de “que va”, podríamos decir, sin temor a equivocarnos que la “calidad de nuestra vida” está en manos de los que nos gobiernan. Tanto los que nos dan órdenes como aquellos a los que necesitamos por sus consejos, pueden poner buena voluntad pero, con demasiada frecuencia, carecen de preparación y competencia. Y ya se sabe de antemano: la gracia presupone la naturaleza y el amor no sustituye a la competencia.

Hoy más que nunca necesitamos elevar el nivel de nuestros gobernantes. Ya no es suficiente con ser un buen jefe, la erosión de la autoridad formal de nuestro entorno cultural ya no nos permite un gobierno efectivo como consecuencia de la delegación formal, hoy se exige la confianza informal desde abajo. Miles de conferencias, libros, artículos, sobre liderazgo demuestran su carencia y su necesidad. Sin embargo, nadie sabe fabricar líderes. Buscamos las diferencias que les hicieron grandes sin más éxito en el mejor de los casos que una lista de competencias, habilidades y actitudes. Pero eso no es suficiente, existe un algo más.

Entender las circunstancias y razones que transforman “de golpe y porrazo” a una persona en líder, no es fácil. Una oportunidad, una decisión en alguna coyuntura concreta o el estilo y talante, con el que determinadas personas dirigen a los suyos, fueron las únicas explicaciones posibles y factibles del fenómeno del liderazgo. Las necesidades, o determinadas acciones espectaculares y oportunas, lograron que las personas llegaran al convencimiento de que aquel era para ellos “el mejor, ahora y allí” y que no podían vivir sin él. El liderazgo incluye una buena dosis de admiración y, en ciertos casos, incluso de veneración. Es el jefe indiscutible e indiscutido, no ya porque lo quiere así la Organización, sino porque lo dicen los suyos.

Los líderes no se imponen, los eligen y ellos aceptan, no ejercen con su autoridad formal sino con su autoridad de prestigio, no son obedecidos, son seguidos. Su gente lo considera el mejor ahora, allí y para algo y ellos ponen su capacidad de arrastre, de cautivar. El líder es tan solo una persona, que es visto y tenido por otros como la persona que se encuentra en el sitio adecuado, en el momento preciso, con la cualidad necesitada. El primer rasgo de un liderazgo es la oportunidad, el segundo la necesidad y la tercera el conocimiento y preparación para ese tema.

Sin embargo para ejercer un liderazgo saludable, ético y duradero es necesaria la confianza fruto de su integridad personal, he aquí la dificultad de encontrar líderes en la historia. El egocentrismo, la arrogancia, la imprudencia y la injusticia no permiten construir un liderazgo ético. Hacen falta personas que atraigan por sus virtudes humanas, que favorezcan el desarrollo de su gente, que cumplan sus compromisos, que miren lejos, que primen los resultados del equipo, optimistas y constantes, personas de una pieza. Esas que alguna vez en nuestra vida nos encontramos y decimos “me gustaría ser como él”.

 

Ignacio Carreño

Juan Lopez Trigo

Campos y Bros Consultores